A las tres de la tarde, en su casa de Boulogne-sur-Mer, Francia, muere el Libertador. Lo acompañan su hija Mercedes y su yerno. En su testamento pide que su corazón sea depositado en Buenos Aires; sus restos recién llegarán al país en 1880.
Se había negado a desenvainar la espada en las guerras civiles argentinas y legó esa espada a Rosas, «por la firmeza con que sostuvo el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros». Cada 17 de agosto, la Argentina lo recuerda como al padre de la Patria.
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