En una casa prestada de San Miguel de Tucumán, los diputados del Congreso de las Provincias Unidas declaran «una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli». Días después agregarán: «y de toda otra dominación extranjera».
La declaración llega en el peor momento posible: la Europa de la Restauración aplasta revoluciones, los realistas presionan desde el norte y solo San Martín, desde Cuyo, la exigía con desesperación para poder lanzar su campaña. Fue un acto de audacia, no de comodidad. Por eso importa.
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