Un mes después del golpe de Onganía, la policía irrumpe en cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires y desaloja a bastonazos a estudiantes, profesores y decanos que resistían la intervención de las universidades.
En los meses siguientes renuncian más de 1.300 docentes e investigadores, muchos de los cuales emigran para no volver: una fuga de cerebros de la que la ciencia argentina tardó décadas en recuperarse.
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